Feliz cumpleaños astronauta...



Miro el techo para saber que sigo vivo, este ritual matutino de confirmar que uno es parte del mundo, abrir los ojos, empezar a decirnos que son las 8,  que llegaré tarde. Son las 8 y estoy vivo, me lo dice el techo, mis manos, la ventana por la que se cuela el frio y me cala en los huesos, se me cuela la vida por los poros, existo por eso, porque siento frio o dolor en los huesos.
Felicidades, me lo digo bajito, como una suerte de conjuro, de amuleto, feliz cumpleaños, me respondo en otro tono, esta platica conmigo mismo, con ese alguien que responde dentro y hace eco en  los huesos o en el alma si es que de verdad tenemos una.

Estoy vivo, somos los sobrevivientes, lo que queda de la noche. Uno apenas se percata de su existencia, no somos conscientes de ella porque a ratos la vida no da tiempo sino para pensar si ya habrán depositado, si esta vez no fallará el carro, que larga es la quincena, hace frío, debería empezar nuevos hábitos, ser más responsable. La vida de pronto te sumerge en una dinámica extraña en la que te vuelves un peatón, una tarjeta con tu foto que abre la puerta en el sitio donde trabajas y creo o casi estoy seguro que no soy siempre ese que responde buenos días, muy bien, con permiso, gracias. Que no soy el que mira el techo y deja que la nostalgia le recorra la piel.

Pero hoy, que son las 8 y tengo frio y cumplo años, solo puedo ser víctima de eso, de esa nostalgia ventajosa y chantajista. Entonces miro la puerta y espero que entre mamá, mis hermanos y canten las mañanitas y yo ponga cara de sorprendido, luego recuerdo que mamá está en otro lado y que mis hermanos ya se fueron a la escuela, que ya no tengo ocho años. Extraño a mamá, debería marcarle más seguido, decirle más seguido que la quiero. Debería hablar más con mis hermanos, preguntarles cómo les va, hacerme parte de su vida, no solo un simple inquilino con el que comparten una casa. Notas mentales que digo en voz alta.
Otro año más y ya no quiero hacer el inventario de cosas perdidas, de cosas ganadas. Mis pasos me trajeron acá (que asco, un lugar común, un cliché) ¿Entonces miro para atrás y están los infiernos que me compre, los cielos que me gane?  ¿Cómo funciona esto de estar a la intemperie? De sentirse parte del mundo.
No quiero llorar, para que, está bien todo, las heridas están curando, estoy en un mejor lugar, amo mi trabajo, las cosas que hago, me lo digo cada mañana para convencerme, no estás solo, ya no lo estaremos nunca, porque están ellos, los que te esperan, los que te quieren y has vencido a ese monstruo infantil que te dejaba tirado por días, pensando que no habría mañana y resulta que lo hay como hoy que amaneció fresco y el frío me recordó ciertas cosas que había olvidado, como que estoy vivo. Entra luz por la cortina, me pega de golpe en la cara, bueno días a todos los que quedan después del frio, de la tormenta, lo que queda cuando Enero se acaba; hoy soy más que un peatón, una fotografía, un recuerdo y comienzo a ser eco y me cuelo por las paredes de la casa y en este viaje solo hay tiempo para estar agradecido, para sentirme otro yo.
 
La nostalgia me tira de la cama, me despabila, hola astronauta, niño espantapájaros, hola adolescencia, pubertad, primera vez, soy toda esa suma de parpadeos, de pláticas sobre mí, de viajes y fotos o postales que no envié. Entonces me preparo para salir al día, a ese exterior que debo habitar, que me invita-felicita, y pienso en mis amigos, en mi familia como un amuleto matutino contra mi mala suerte. Luego veo el reloj y no hay mucho que hacer, se me hizo  tarde para el trabajo.

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Juan H. Villar

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Monterrey, Nuevo León, Mexico
Mi vida es tan aburrida que tengo que inventarme gustos para parecer interesante (el simple hecho de decir esto confirma la asquerosa pretensión), por eso aquí está un poco de eso que pretendo ser y no soy, de ese alguien que busca que la gente lo mire o lo lea según el medio utilizado. Acompáñame en este viaje de aceptación del mundo y veamos si lo logro, quédate y lee… si es que aun la gente lee blogs.